He conseguido educar a la pantalla a sus horas diarias prescritas.
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Y he descubierto algo que tendríamos que tener claro: alguno de los espacios dedicados diariamente a la pantalla, marca el curso del día. Ya sea al levantarte o al mediodía o a la tarde, ese primer contacto con el metaverso (de, al menos, media hora entre mail, fono y prensa) marca el inicio del día y la cuenta atrás para el día entrante.
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Alguien debería habernos avisado. Como no ha sido así, me entiendo obligado a hacerlo para las futuras generaciones. Porque sino, nos van a acusar de engatusarlos en el consumo tóxico de un elemento que, sí, ha sido muy importante en la incorporación a la vida humana, pero peligroso: las pantallas.
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Es la misma sensación que tengo últimamente con los solopreneurs (emprendedores, autónomos, nómadas digitales, llámales h). Pasado un tiempo desde que volcaron todas sus energías en convencernos de que era la solución ideal para cualquiera, empiezan a reconocer que la vida del trabajador autónomo tiene tantas luces y sombras (o más) que la vida de cualquier empleado o funcionario. Entiendo que cualquiera que en su día les hiciera caso y se vea ahora trasteando entre esas luces y sombras, se sentirá defraudado, engañado por el vendehumos de turno que le eyectó a un proceso que en absoluto estaba claro, como la historia viene a demostrar.
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Igual habría que replantearse la “ilusión” que nos hace jugar a la lotería tomando conciencia de que, un año más, la lotería va a ser lo que siempre ha sido: un impuesto extra que pagamos al poder con el agravante de que lo pagamos de propia voluntad, sensu propio.
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En fin, no tenemos remedio.
Nota: sobre «emprendedores» ver https://www.librosdeleer.es/generaacciones/, donde se considera a los mismos el primer modelo de éxito del siglo.
