Devs es una serie de Alex Garland de 2020 que la pandemia hizo que no se conociera hasta pasado un tiempo.
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Pertenece a un género que podríamos llamar “cienciaficción filosófica” que está en boga y resulta muy atractiva porque trasciende los guiones infantiloides de buenos y malos. Te hace pensar, como todo buen cine está obligado a hacer. Cogiendo un tema manido como el del determinismo (la eterna e imposible discusión sobre si todo está escrito o somos libres de elegir, como el problema del huevo y la gallina), es capaz de darle una vuelta de tuerca muy rica en matices y sin dogmatismos finalistas.
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De inspiración tarkovskiana en el ritmo lento, pausado y poco estridente, es un gozo por contraste contra el exceso de acción trepidante que se estila. Pareciera que todas las películas tuvieran que ser aventuras emocionantes de viajes interestelares, pero películas como Devs vienen a demostrar que también hay otra forma de hacer cine.
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Recoge tópicos como la predicción del futuro, o la miniaturización del cómputo cuántico para injertarlo en un móvil, o la malévola actuación de los servicios de espionaje, aunque todo bien hilado para que no resulte estridente.
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Y destapa el juego pernicioso a que nos está llevando la IA y el cómputo cuántico: reproducir en una pantalla la crucifixión de Cristo o a los neanderthales dibujando bisontes en la cuevas del paleolítico, como si la imagen fuera el único factor determinante de conocimiento del pasado. Es un rasgo de IA que no sé muy bien si se está teniendo en cuenta: se aplica a todo lo que tiene que ver con la imagen y los efectos especiales que se pueden conseguir, obviando la realidad a la que responde toda imagen, toda apariencia.
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Deja entrever sesgos americanos (aunque el director es británico, está ambientada en San Francisco) que resulta difícil encajar, como que una empleada que ha perdido a su novio tenga que pedir permiso a su jefe para irse a casa, como si la muerte de un familiar no implicase el disfrute de al menos tres días de luto.
