Conservo en el desván ejemplares de periódicos viejos que uso para encender el fuego. De cuando en cuando me asalta la atención algún artículo, como es el caso.
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En 1999 Ignacio Sotelo escribe éste que reproduzco, que bien podría estar escrito hoy mismo. Curioso ¿no?

¿Presagios de descomposición?
¿Nuevo populismo o crisis de la política?
por Ignacio Sotelo* (ver notas al pie).
El País, domingo 31 de octubre de 1999.
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La multiplicación en EEUU, América Latina o Europa de candidatos ajenos al mundo de la política que, merced a su popularidad, llegan a disputar puestos de relevancia —ex deportistas, actores, antiguos cantantes, empresarios, mises— ¿ha dejado de ser un fenómeno marginal para convertirse en un nuevo populismo? Otras situaciones atípicas, las que consagran en las urnas a antiguos golpistas, como el actual caso de Venezuela ¿constituyen un síntoma más de la crisis de la política? En estas páginas se analizan estos fenómenos variopintos.
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Que en política desconfíe de los grandes esbozos que pueden aplicarse por doquier, así como de esas ideas que, exagerando lo efímero, al igual que algunos restaurantes, sin que sepa por qué, acaban poniéndose de moda, no supone que no comparta la opinión de que se van acumulando síntomas, aparentemente desconectados entre sí y que son difíciles de encajar en los esquemas teóricos disponibles, pero que delatan una misma crisis de las instituciones democráticas, con los correspondientes cambios en los comportamientos políticos.
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En los años setenta, la izquierda hablaba ya de “crisis de legitimidad del capitalismo tardío” (Habermas), y la derecha, de la creciente “ingobernabilidad” de las democracias establecidas (Huntington). Con la caída del comunismo, el modelo occidental de democracia ha llegado a la cima de su prestigio, pero, paradójicamente, tampoco se había percibido en los países más desarrollados de Occidente, al menos desde el final de la II Guerra Mundial, un mayor distanciamiento popular de las instituciones democráticas establecidas.
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Los signos son varios y de diferente intensidad: crece la abstención —da que pensar que haya aumentado en unas elecciones recientes cuya importancia para Cataluña y para el resto de España era obvia—; el voto se dirige a partidos que han surgido o que se mueven fuera del sistema, con ramalazos de extrema derecha (en Austria, en Suiza) o se encaminan hacia un nacionalismo radical, como en el País Vasco; surgen grupos que llegan a la política con el fin exclusivo de ampliar los negocios, recurriendo a las mismas artimañas —pagar facturas por servicios inexistentes— que ya utilizaron los partidos del sistema; en Estados Unidos compiten en las elecciones millonarios dispuestos a “salvar al país del burocratismo o de la corrupción del sistema”. En vísperas de la intervención de su banco y posterior procesamiento, Mario Conde, el ídolo social de los ochenta, tenía diseñada una política “antisistema” de este tenor.
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¿Cómo interpretar estos síntomas? ¿Se trata acaso de fenómenos esporádicos, que no son nuevos —recuérdese el poujadismo de los años cincuenta— y que sirven de válvula de descompresión, al encauzar parte de la protesta, hasta lograr reconducirla a los partidos tradicionales? ¿O se trata de un fenómeno nuevo que nos advierte de la gravedad de la crisis y que exige inventar respuestas inéditas?
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A favor de la segunda hipótesis habla el hecho de que las democracias representativas, tal como se han desarrollado en el siglo que finaliza, no son concebibles sin el soporte del Estado. Así como la democracia griega reposó sobre la polis, corriendo su misma suerte, el Estado-nación es el fundamento de la moderna democracia representativa. ¿Qué consecuencias conlleva el que el Estado se debilite, o por lo menos pase a ser parte de unidades políticas supranacionales? Es una cuestión clave que no cabe relegar por más tiempo.
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Los problemas fundamentales de la sociedad contemporánea —el paro, el deterioro ecológico, la cuestión de la seguridad en las ciudades en relación con la droga, las mafias internacionales y un largo etcétera— superan a los Estados. La divergencia creciente entre los temas planteados y lo que realmente pueden hacer los Gobiernos arrastra una pérdida creciente de credibilidad de la política. Ello explica lo que en Alemania se ha llamado politikverdrossenheit, concepto que, por un lado, supone una valoración negativa de los políticos y de todo lo que tenga que ver con la política; por otro, un simple desentenderse de la política por desinterés o cansancio.
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En un mundo en el que se ha producido un repliegue hacia lo privado y todo lo público se ve afectado de connotaciones negativas, desde la empresa pública a los servicios públicos, no puede extrañar que también la política se privatice y tienda a convertirse en asunto exclusivo de los de casa, con un afán claro de expulsar a los de fuera, y se reduzca el clan, profesional o empresarial, al que pertenezco. El “particularismo” lleva en su entraña la “acción directa”, para decirlo con Ortega. Unos, desilusionados; otros, desinteresados de la política, el caso es que el espacio para la improvisación y la sorpresa, fenómenos que suelen acompañar los procesos de disolución de un sistema, es cada vez más amplio.
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Ignacio Sotelo es catedrático excedente de Sociología.
Notas al pie (nota bene, observa bien):
Ignacio Sotelo (Madrid 1936-Berlín 2020), catedrático de sociología, miembro del PSOE cercano al sector de Izquierda Socialista tras discrepar con el primer gabinete de Felipe González.
Por cierto, construyo mi ALDEA. La CALMA por bandera, el PENSAR como vaselina. Si no lo ves claro, cambia el punto de vista.
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