Contra cierta IA

inteligencia artificiosa

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(versión pdf al final)

La inteligencia Artificial está siendo empleada espuriamente para desviar la atención de problemas imperiosos de mayor relevancia.

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Apunta, como las religiones, a problemas irresolubles con la promesa de que en sus manos nos espera un futuro brillante de felicidad y milhojas. (los viajes espaciales, la solución para todos los negocios, sobre todo financieros, la cura de todas las enfermedades y el acceso a la inmortalidad).

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Obviando que hay problemas históricos que podrían ser abordados con menos parafernalia y más sentido común. (abordar la educación plena de la población).

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Las dos IA.

Artificial y artificiosa.

No hay duda que la IA es una gran herramienta que corre el peligro, como todas las herramientas, de ser mal empleada (un cuchillo sirve para cortar pero también para matar).

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El uso que se le está dando a la IA tiene más que ver con el control social que con la expansión del conocimiento. Pasó ya con la escritura y quizá pasa con todas las tecnologías, como la electricidad y el magnetismo que en sus albores servía, según sus promotores, para curar todas las enfermedades.

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Antes de servir para la expansión del saber, la escritura fue colonizada por las estructuras de poder para crear un impenetrable entorno burocrático que servía de filtro para impedir el libre desarrollo de los individuos. El prestigio del “escriba” (quien aprende a escribir) se ha mantenido toda la Historia, desde los egipcios hasta que la Revolución Industrial necesitó la universalización de la enseñanza de la escritura para expandir su modo de producción.

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Entonces supimos, como con la subida del salario mínimo, que fomentar el uso de la escritura redundaría en un desarrollo global de la conciencia que vendría a beneficiar a todo el mundo, por encima de los miedos burgueses a que las clases ilustradas le arrebatasen el poder.

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Al igual que la escritura generó una casta burocrática, la IA está generando una panda de listillos que saben que, de momento, la etiqueta “IA” vende, así que la emplean sin control. Para vendernos la burra de que para llegar a Marte necesitamos la IA y un pueblo fiel que apoye el proyecto, para lo que conviene comprar Twitter y moldear las mentalidades.

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A esta IA utilitarista habría que llamarla más bien “inteligencia artificiosa” por diferenciarla del concepto técnico que la sustenta. Quiero decir con esto que estoy de acuerdo con Marvin Minsky, ingeniero del MIT ya fallecido, cuando dice que la revolución de la IA es una revolución del calado de la revolución de la escritura allá en el neolítico. Pero no con esta IA con la que nos bombardean los medios, según la cual llegaremos a Marte en un plisplas y corrigiendo las métricas de los wearables alcanzaremos la inmortalidad transhumanoide en dos días.

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El mercado como religión.

La iglesia como mercadillo.

Esta panda de listillos que usan la IA como gancho comercial, han venido a descubrir que las religiones son las organizaciones más eficientes en cuanto a expansión social y, ni cortos ni perezosos, la aplican para sus fines. Y así, convierten el mercado (que en otras coordenadas tiene sus virtudes) en una secta al servicio de sus oficiantes: ellos.

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Destilan los principios de la persuasión y los aplican al comercio. Y así descubren que el principal medio de control es el miedo. Miedo a la pérdida de oportunidad, a la escasez, al dolor. Un miedo mantenible en base a la ignorancia. Para que el miedo sea efectivo es imperativo que quien lo sufre no tenga acceso a los mecanismos del mismo. Es el oráculo, la maquinaria ignota pero irracionalmente cierta. Cierta mientras sea ignorada. Es la IA “generativa”, que nadie sabe muy bien qué es eso, pero suena molón y creible. Si lo ha dicho la IA, va a misa.

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Entre los mecanismos del miedo está el fomento de la magia, ese medio irracional que convierte lo deseado en posible e incluso, porqué no, en probable.

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Es el mercado de la ignorancia, condición (la ignorancia) sine qua non de la efectividad del asunto. Y así nos encontramos con la deriva política del asunto. Es el fenómeno Vox que, inexplicablemente, consigue que la masa ignorante vote a la aristocracia menguante. Aristocracia histórica que, desesperada por ver que la historia la relega, no duda en emplear los trucos más arteros para mantenerse en pie. No es nuevo el fenómeno, la televisión, gracias a la Publicidad, vino a imponer sus técnicas para lograr resucitar el relumbrón social de la pura apariencia, el maquillaje artero de una realidad putrefacta farisaicamente mantenida por un ejercicio de hipocresía reluciente. Relumbrón que ya William Thackeray denunciaba en su novela “La feria de las vanidades”.

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La Iglesia Católica (como todas las iglesias) es la gran maestra de dicho ejercicio. Un engañabobos, vamos.

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Conciencia social.

No hay ciencia sin conciencia.

En los años 70 la “toma de conciencia”, referida a la conciencia política, era, por influencia del marxismo (ver abajo), el hecho diferencial entre el común de la gente y lo que vendría a ser el “progresismo” del momento, que marcaba la diferencia entre la gente consciente y el individuo adocenado. La “evasión” era el pecado del momento. Era casi inmoral evadirse, desconectar, relajarse. Estabas obligado a desarrollar el pensamiento crítico, siempre analizando las consecuencias de tus actos, sin darle un respiro al aburguesamiento cómodo de las costumbres.

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Y no es tanto cuestión del desarrollo de un pensamiento crítico como el desarrollo de un pensamiento solidario donde el bienestar ajeno cobre tanta importancia como el propio. Que no va más allá del clásico “amarás al prójimo como a ti mismo”, solo que ese es un pensamiento revolucionario que a ciertas capas de la población siempre ha incomodado en tanto que le resta beneficios personales.

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Era algo que te impelía a tener contínuamente presente tu lugar en el mundo, si pertenecías a la capa baja, media o alta de la población, asumiendo que tu postura de partida debía marcar tus opciones de futuro. Y efectivamente, los sesgos cognitivos de la clase a la que pertenecemos los podemos llegar a conocer, pero no evitarlos, pues es de todos conocido que la pertenencia a la clase marca con sesgos indelebles la naturaleza de nuestras opiniones.

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Las políticas neoliberales de las derechas (Reagan en USA y Thatcher en Inglaterra) vinieron a desenterrar las herramientas que el poder había aparcado en la progresiva socialización del siglo XX. Frente a un Estado todopoderoso, los neoliberales empezaron a privatizar el bien común para hacer caja y de paso desarmar la movilización de masas. El consumo era la única forma de participación social, encumbrando el dinero y la riqueza material como nuevo becerro de oro similar al que Moisés tuvo que enfrentar cuando bajó del monte Sinaí con las leyes grabadas en piedra.

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Y no. No es así la cosa. Que no te engañen con eslóganes publicitarios fáciles.

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En los años 80 la Imagen se concretó informáticamente en Mario-Tetris. Y una adecuada política de distribución de drogas hizo que toda una generación educada ante la pantalla de la televisión se sumergiera en el metaverso de juegos, fútbol y circo, trastornando una vez más la percepción de la realidad.

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Las políticas neoliberales vinieron a fomentar el fenómeno abaratando los recursos técnicos necesarios, pervirtiendo las mentes de los jugadores que acabaron (redes sociales mediante) empleando el móvil para espiar y hablar mal de los vecinos, que es el principal uso que se le viene dando a la máquina de jugar.

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Hoy, gracias a las redes sociales se ha democratizado el saber, aunque sin una estructura que le dé sentido. Lo cual allana el camino para que las corporaciones tecnológicas estructuren el saber a su antojo.

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La IA viene a ser la herramienta perfecta para establecer ese control social agusto de los poderosos. Hasta que las bases consumistas recuperen la conciencia de todo su poder sin más que decidir no comprar aquello que sientan como oprobioso.

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De forma que es la conciencia social (no solo la conciencia política) la que ha de permitir a la sociedad toda recuperar el protagonismo que nunca debió perder dejándose arrastrar a las guerras que otros programan y desarrollan.

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Y desde mi humilde punto de vista, hoy como ayer, sólo veo un camino posible: la educación universal mantenida en el tiempo.

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Marxismo

Fue en el siglo XX que el marxismo permitió la difusión del conocimiento histórico como arma de conciencia y nos permitió saber que una adecuada educación podría poner fin a gran número de desgracias sociales que veníamos sufriendo desde la Edad Media hasta la Revolución Industrial.

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La II República española lo tenía claro y su proyecto de Misiones Pedagógicas habría evitado la posibilidad de la guerra.

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Se dejó escapar la oportunidad, pero sigue siendo cierto que una educación bien planificada podrá impedir en el futuro repetir errores del pasado. Y sí, quizá haya que incluir la enseñanza de la IA en los planes de estudio, pero después de insistir en que antes hay que formar en geometría euclidiana (¿tiene sentido aprender a conducir sin conocer la rueda y el círculo?) y en educación cívica. Que lleva su tiempo, pero es inexcusable.

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La educación cívica, ese inefable que tan airada respuesta obtuvo no hace muchos años por parte de las derechas. En Valencia decidieron que era más importante estudiar la lengua inglesa que la educación en valores y el mismo gobierno central optó por solicitar la eliminación de la Filosofía de los planes de estudio. No vaya a ser que aprendamos demasiado.

adelgado@acta.es 26-3-26

Versión pdf por si prefieres leerlo en papel. Son 7 páginas.

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