Propedéutica

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La primera vez que oímos la palabra “propedéutica” necesariamente tenemos que parar a pensar qué significa. Seguro que ha pasado con todas las palabras que conocemos. La primera vez que las oímos, o nos las explican, o deducimos su significado por el contexto. En el caso de “propedéutica” no es fácil que podamos deducir su significado por el contexto, así que alguien se tiene que parar a explicarla. O el padre o la madre que nos prepara en el proceso de dejar de ser in-fantes, o el maestro o maestra que nos prepara en el proceso de dejar de ser ignorantes, o, alcanzado un cierto nivel, nosotros mismos que somos quién de consultar un diccionario para entenderlo. Vamos al lío.
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Consulto el diccionario y me dice: enseñanza preparatoria para el estudio de una disciplina. Y viene del griego pro (antes) y paideutikós (relativo a la enseñanza)
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Vale, clarito como el agua clara. Ahora bien, si para estudiar una disciplina tenemos que haber estudiado una enseñanza preparatoria, ¿no corremos el riesgo de entrar en un bucle infinito? Sí y no, porque siempre llegamos a un punto de inflexión en que, por fin, entendemos algo que andamos buscando entender y se nos escapa. El momento “eureka” de “lo conseguí”.
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Curiosamente el diccionario no me dice nada de los tres campos en que se aplica más frecuentemente la palabra “propedéutica”: la medicina, la justicia y la ingenieria. En medicina cuando se aplica una propedéutica antes de diagnosticar unos síntomas, en la justicia cuando un reo presenta síntomas de trastorno mental se encarga un estudio propedéutico, y en ingeniería cuando se estudia el terreno sobre el que se va construir algo se encarga igualmente una prospección propedéutica.
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Supongo que sería difícil establecer una especie de “leyes de la propedéutica” que aclarasen en cada momento las enseñanzas preparatorias necesarias para abordar un tema. Pero sí hay algo que llama la atención: la norma platónica de saber geometría antes de entrar en la Academia. Después de todo la geometría no deja de ser una disciplina más dentro del edificio de la ciencia. ¿Porqué esa importancia?
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Por otro lado está lo que hemos llegado a considerar estándar en la formación de cualquier infante: el conocimiento de las letras y los números. Un abecedario de 28 caracteres y una ristra de 10 cifras es todo lo que necesitamos para saber “escribir y contar”, que era todo lo que necesitaba Manolito de Mafalda para afirmar que ya no necesitaba ir a la escuela porque ya lo sabía todo. Con saber contar le basta para llevar el negocio de la tienda de su padre.

Así que igual sí que podemos marcar una propedéutica única, universal: conocer los números con las cuatro operaciones (sumar, restar, multiplicar y dividir), las letras con las reglas básicas de combinación (la m con la a, ma) y de construcción de frases y párrafos, y conocer la geometría (la recta y el círculo) que Euclides dejó deslindada para poder desarrollar las mediciones agrícolas de cualquier campo.

Y ahora la pregunta sería ¿tenemos forma de asegurar que esos conocimientos básicos estén presentes en todos los individuos para evitar los desastres que provoca, como venimos viendo, el contagio masivo de la ignorancia?

Me gusta ser optimista y pensar que sí. Pero no sé qué sorpresas nos tiene deparadas la Historia.

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