Reproduzco la columna de Máximo Gavete en su newsletter Honos 222 titulada «Del hábito al hábitat«
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La semana pasada Javier Cañada dio una charla en el Instituto Tramontana. Se titulaba “¿El fin de la interfaz?”. La hizo sin diapositivas ni pantalla. Hacerlo así tenía un motivo, un porqué. El propio título de la charla ya anticipaba lo que el discurso confirmaba luego: vivimos un momento en el que las interfaces, tal y como las conocemos, parecen estar desapareciendo. Un tiempo en el que la tecnología puede estar dando un giro de timón desde lo visual a lo verbal. Un regreso desde lo pictórico al lenguaje que nos devuelve un ancho de banda que teníamos perdido. Si la pluma es más poderosa que la espada, lo oral siempre vence a lo pictórico. Una imagen nunca valió más que mil palabras.
Relata Javier en su charla cómo nuevos dispositivos personales como el Rabbit r1 —que tanto recuerda al dispositivo que llevaba Theodore, el protagonista de la película Her— no están esencialmente basados en pantallas, en la comunicación visual, sino en una comunicación oral, conversacional. Claro está que dicha conversación dista hoy mucho de lo que es realmente una conversación entre personas. También está por ver que esa distancia que separa una conversación de otra pueda anularse o incluso reducirse considerablemente. Aquí interviene el optimismo tecnológico que cada uno tenga. Lo que sí es cierto es que la tendencia parece clara: una despantallización en favor de una verbalización. Al fin y al cabo, una pantalla es algo que ponemos delante para tapar algo, es decir, un muro. La historia muestra como todos los muros terminan siendo derrumbados de un modo u otro.
En un momento de la charla —la cual no me cansaré de recomendar que escuchéis, y si es posible más de una vez—, Javier alude a otra conferencia a la que acudió. En aquella, un tipo de origen japonés —del que jura no recordar su nombre (qué pena)— explica una hipótesis que se me quedó resonando y trayendo a mi memoria otra teoría mucho más antigua. Transcribo a continuación lo que Javier narra al explicar la teoría del japonés:
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Cuanto más cerca de nuestra piel está un dispositivo, más querremos que exprese nuestra personalidad. Nos importa dos pimientos el aspecto de una aspiradora o de un aparato de aire acondicionado, pero elegimos joyas y ropa que expresen lo que queremos proyectar. Si lo vemos en un vector de cercanía, tenemos la ropa, las joyas y adornos, los tatuajes…, quizás los ordenadores, con sus pegatinas, las mochilas o los bolsos. Algo más lejos, los coches, motos o bicis, las casas, y después un cúmulo de cosas que usamos menos: herramientas, aparatos de cocina, etc.
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A mayor proximidad con nuestro cuerpo, mayor importancia y mayor cercanía con nuestra personalidad. Al proyectar el vector, al salirnos de nuestra piel y adentrarnos en el hogar —sobre todo cuando es compartido— nos quitamos una capa, nos (des)prendemos de parte de nuestro atuendo, perdiendo con ello personalidad. Si proyectamos aún más el vector y salimos de nuestro hogar, adentrándonos en la ciudad, lo personal se diluye en el contexto de lo común, de lo público. La convivencia requiere de impersonalidad. El sujeto colectivo va desnudo.
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Aristóteles, a quien le preocupaba mucho lo público y lo social, ya hablaba de algo similar en su Ética a Nicómaco. Para el estagirita, también partimos del cuerpo propio para ir adentrándonos en el espacio de lo público. Afirmaba Aristóteles que se comienza ampliando el cuerpo con el hábito, esto es, con el ropaje, el vestido. Se continúa con la habitación, la estancia, la casa. Y se culmina con el hábitat, la ciudad, que es el hábitat propio de los humanos. Hábito-habitación-hábitat: el mundo desde nuestra escala y no a escala de nosotros.
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Esta ampliación que va desde el hábito (personal) al hábitat (público) no solo es de carácter estético, sino que es fundamentalmente una ampliación que atañe a la ética. Esta dimensión ética se entiende bien cuando prestamos la debida atención al lenguaje —sí, de nuevo la clave reside en el lenguaje y su mayor ancho de banda— que usa Aristóteles y que nos ha llegado hasta hoy. Fijaos cómo la palabra hábito la usamos tanto para hablar de un tipo de ropa (la primera capa sobre la piel), como para definir aquellas acciones repetidas que van moldeando la personalidad. El hábito, ya sea la ropa o el proceder, es lo que tenemos más cercano a nosotros y, a la vez, es lo que nos da forma al carácter.
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En griego, hábito se dice ἔθος (éthos), escrito con épsilon (con é corta). En cambio, carácter se dice ἦθος (êthos), escrito con eta (con ê larga). Lo que nos dice el lenguaje —con su profundidad infinita— es que la repetición de numerosas é cortas da lugar a la ê larga: la repetición del hábito, da lugar al carácter. Además, ese carácter, ese êthos, será el origen de la palabra ἠθική, esto es: ética, que en el fondo no es más que el carácter común, público y compartido de una comunidad, de una ciudad. Desde el hábito a la costumbre y de ahí a la ética.
No creo que el señor japonés que cita Javier estuviera pensando en todo esto al explicar su teoría —quizá sí, no lo sé—, pero creo que estaría muy en sintonía con el pensamiento del griego. La pérdida de la personalidad, del carácter individual, es imprescindible a medida que ampliamos el círculo de lo público y lo hacemos en beneficio de un carácter común, de una ética que permita la convivencia de caracteres diversos. A cada paso que damos desde el hábito hacia al hábitat, desde el cuerpo a la ciudad, nos vamos desprendiendo del atuendo de lo propio para vestir la desnudez que todos compartimos.
