No sé muy bien 

Nadie nos enseña a tener 70 años.

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Claro que tampoco nadie nos enseña a tener 15 o 30.

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Tengo la sensación, a mis 73, de revivir la adolescencia con un punto nostálgico que le da su encanto. Dicen que los 60 son la juventud de la vejez, como si tuviésemos dos vidas, una más activa y otra más reflexiva. Si 30 años conforman una vida, los 60 serían efectivamente como el acceso a la tercera edad, la que se extiende de los 60 a los 90. En los setenta se empiezan a ver los 60 como los últimos de la segunda. Los ochenta serían como la madurez en la vejez, pero eso no lo podré constatar hasta entonces si es que llegan. 

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De momento, los 70, se me hacen revueltos, alterados, rebeldes. Incómodos en muchos aspectos. Repitiendo los errores adolescentes de quererte oponer por un lado a lo que te viene impuesto, y reeditando el síndrome de Peter Pan por otro, no queriendo crecer por sentir que el tiempo se te escurre entre las manos.

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Una de las funciones de la web propia, es que sirve de muro de lamentaciones. Le cuentas a la web tus cuitas como si fuera el sacerdote o el psicólogo o el amigo que no tienes, y ahí queda lo dicho para futuras revisiones con la precisión del texto escrito que en su momento hará la función de la memoria precisa, sin los sustos de la memoria biológica que a estas alturas sabemos que es evanescente, que el cerebro siempre nos hace recordar en función de los intereses del momento, sin respetar mucho la certeza de que fuese tal como lo recordamos..

No sé muy bien porqué te digo esto, que diría García Calvo en el Sermón del Ser y no Ser, “ni para qué, pero qué querías; es la propia materia del discurso la que no me deja decirlo”.

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Sí sé, por otro lado, que la web propia es la herramienta adecuada para configurar el orden que quieras imprimir a tus intereses, estableciendo espacios de acceso público o restringido a tus escritos e inquietudes. O configurar, llegado el caso, el centro de negocio que te permita acudir a fuentes de financiación que por otro lado te están vedados.

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Hoy por hoy, tras cinco años interesándome por la mecánica del negocio en la web, del entorno del emprendimiento, entiendo más importante dotarla de propósito, de un objetivo más allá del mero interés económico. Le viene a pasar como a la informática en general, el uso de un ordenador personal. Inicialmente salía caro disponer de un ordenador personal, pero estaba claro que iba a ser la herramienta que ibas a necesitar para cualquier propósito en la vida. Y el propósito de la web personal no puede ser otro que la obtención de calma. Esa calma que obtienes en un monasterio o eremitorio donde te recoges a reflexionar en los momento cruciales sobre por dónde quieres dirigir tus pasos.

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Toca ponerse las pilas y afondar en los recursos que te ofrece la web para gestionar tu lista de correos, que es el nexo de unión, de comunicación con los demás, prescindiendo del sindios de las redes.

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Con la ventaja de que no necesito firmarlo y datarlo (eso ya lo hace la máquina) ni escribirlo en papel y buscarle una carpeta donde archivarlo, que de eso ya se encarga también la máquina, ya que los programas gestores de la web no dejan de ser bases de datos bien estructuradas e interrelacionadas que se aseguran de dejar cada cosa en su casilla.

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Así puedo avanzar en la simplificación de la tarea informática. Si en los comienzos lo que necesitabas era un tratamiento de textos, una hoja de cálculo y un programa de dibujo, ahora con incorporar un gestor de web (WordPress) tienes el panel completo de herramientas necesarias.

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Repito, no sé muy bien porqué escribo esto, pero escrito queda.


(“son las 6,07 horas y remato este escrito”, anoto como si fuera en la cápsula espacial que me lleva a Saturno y no tuviese claro si llegaré o no pero voy dejando constancia en la bitácora de a bordo lo que ocurre en cada momento para cuando alguien tenga que recoger mis restos)


Por cierto, construyo mi ALDEA. La CALMA por bandera, el PENSAR como vaselina. Si no lo ves claro, cambia el punto de vista.

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