Cuando se rompe una relación, una convivencia, aparece el síndrome del nido vacío. Duele y por tanto tendemos a valorar la pérdida en sentido negativo.
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Pero bien pensado el vacío, como la muerte, la soledad, el abandono o cualquier otro sentimiento negativo, viene a abrir espacio para rellenar con lo que el futuro depare. Así que deberíamos alegrarnos.
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Ya no pienso en el ser perdido cuando juego o hago crucigramas o limpio o hago la comida, que mientras estaba lo hacía todo en función de agradarle. Ya tengo tiempo para pensar un poco en mí y en restañar mis heridas, que también son muchas porque se van acumulando sin darles tiempo a tomar conciencia más que cuando estallan.
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Así que hay que saludar con alegría al vacío que va a ser durante un tiempo nuestro amado vecino.
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La operación es sencilla: toma las palabras que más duelan y dales un revolcón, busca alguna otra óptica que te permita entenderlas de otra manera. Es una de las virtudes de la palabra, que al ser ambígua permite varias interpretaciones.
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Da trabajo, pero compensa.
